El mar y el viento se transforman en un lenguaje vivo, un diálogo constante entre el movimiento y la quietud. Donde otros ven calma, Sayago percibe un latido incesante, una cadencia que se traduce en pinceladas, formas y contrastes. Su arte captura la armonía entre lo que fluye y lo que permanece, revelando en cada trazo la esencia de aquello que nunca se detiene.
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